h Malinorne: Conexiones - 2

Malinorne

Bloc cordelero del Dr Eleder, profesor de la Universidad Autónoma de Númenor: UAN

enero 13, 2006

Conexiones - 2

(Una historia de Alexandre Cambragol y Antonio Aladón)

V

Dol Amroth es una ciudad fortificada, no en vano, dos generaciones atrás fue asaltada y sitiada a fuego y espada por las hordas del Señor Oscuro. Permanecen las murallas, las atalayas y fortificaciones, como un vestigio. Se monta guardia pero es más para prever altercados que por miedo a algún invasor que prácticamente ya no existe: aún el Harad está próximo y los sureños nunca han sido completamente dominados por los gondorianos. La ciudad ha sufrido una transformación más que sutil con los años, las torres se confunden con las chimeneas de las fundiciones del metal de mithril. Los tubos de cordel aquí y allá hacen de la contemplación de la ciudad unas líneas desdibujadas.

Aquí vive nuestro protagonista Lorindol. Siempre ha sido un entusiasta de la nueva tecnología que inunda el Reino de Gondor, desde que de pequeño, vinieron a instalar el cordel a su casa. De hecho, ha dedicado sus esfuerzos en imaginar, en crear máquinas que ayuden en la prosperidad del Hombre. Cuando era joven, fue a la capital a una reunión con el consejo científico del Instituto de Ciencia Sarumánica, los sabios le descubrieron una realidad difícil de aceptar y en la que nunca ha creído completamente. Allí recibió el encargo de diseñar una máquina que leyera el pensamiento, ¿con qué propósito?, los sabios nunca se lo llegaron a revelar claramente pero sospechaba que con ella podrían interceptar pensamientos dañinos provenientes del ¿universo paralelo?, ¿realidad alternativa?... era mejor decir simplemente “el otro lado”.

A esto nuestro joven Lorindol dedicó gran parte de su tiempo y esfuerzo, se olvidó de sí mismo y de lo que le rodeaba, perdió amigos, familiares. Creó ingenios a cada cual más ingenioso que facilitaron muchos quehaceres de la vida cotidiana, pero muchos, muchos otros fueron usados por Gondor en el dominio militar de la Tierra Media. Y nuestro joven Lorindol ganó respeto entre los suyos y su fama llegó a todos los pueblos, incluso a los Acebos de Eregion.

Pero siempre recurrió una y otra vez al mismo proyecto: la máquina para leer el pensamiento, le obsesionaba. Sus experimentos fueron originando rumores que en un principio se acallaron dada su abierta genialidad, pero Lorindol se tornó esquivo, evitaba a la gente y dejó de ir a las tertulias del Café de los Filósofos Muertos donde notaron su falta y sus opiniones prudentes. Los rumores crecieron, decían que frecuentaba el mortuorio y conectaba a las cabezas de los muertos extraños aparatos metálicos; se le podía ver a veces en la madrugada encaramado en las murallas con el cuello estirado como mirando a lo lejos, pero no miraba, torcía la cara y colocaba su mano en la oreja como intentando escuchar, como si oyera el viento… o voces dijeron las gentes. Cuando le dirigían la palabra, Lorindol se adelantaba y no dejaba terminar las frases, intentando adivinar lo que iba a decir el otro, y casi siempre fallaba. En lo más alto de su torre-laboratorio se veían luces todas las noches, y humo negro, incluso dicen que lo vieron en un día de tormenta encaramado al tejado con una vara metálica riendo estruendosamente cuando desde abajo se paraban a mirarlo. Y se hizo viejo, y su mirada se volvió torva. Y su fama se apagó en un susurro y le llamaron loco… y algunas cosas peores.

Y esto también se supo en Eregion.

VI

Alsandir agitó a Jota Treeks con suavidad y luego más enérgicamente hasta que sus gruñidos empezaron a tomar cierto sentido y convertirse en palabras vocalizadas. Cuando la mirada de Treeks se fijó en un punto en concreto pareció estar despierto, y Alsandir le exclamó:

- ¡¡A. ha desaparecido!!

Treeks carraspeó con fuerza aclarando su voz.

- Tranquilo muchacho, si conocieras a A. tan bien como yo sabrías que no hay por qué preocuparse. Demonios, un poco fuerte el aguardiente, ¿eh?

A pesar de la quietud de Treeks, Alsandir insistió en salir en busca de A. por las calles de Ámsterdam. Treeks lo condujo por los sitios a los que había llevado a A. en su última visita a Holanda afirmando alegre con una sonrisa que “sin duda A. los habrá echado de menos”: los más conocidos Coffee Shops de la capital, la calle roja o la plaza de Dam donde Treeks insistió en hacer una parada para recuperar fuerzas.

Ni rastro de A. ni de los hombres de negro. Y Alsandir seguía con esa palabra en la boca, cosa en la que casi no había tenido tiempo de preocuparse, pero si lo pensaba estaba seguro de que tenía alguna relación.

VII

A. se encontraba solo en una habitación cerrada sin ventanas, una mesa, tres sillas y un gran espejo que reflejaba la sala era lo único que se podía encontrar en ella. A. era aficionado a las películas policíacas y esto no distaba mucho de una sala de interrogatorios. Si algo le habían enseñado las largas horas en el cine es que debía mantenerse firme, declararse inocente y decir que se atenía a la segunda enmienda. Recibió extrañas visitas, hombres con marcado acento norteamericano –le hablaban en francés- vistiendo largas túnicas negras que le cubrían el cuerpo, especialmente el rostro, le sometieron durante interminables horas a una batería de preguntas y acusaciones:

Que si era un agente, a lo que poco después añadieron si “quería ser un agente doble”.

Pero después vino una mujer con acento ruso y patentes habilidades interrogatorias; le habló de los universos paralelos, del peligro que corría el mundo, y que ellos trataban de hacer lo mismo que él: evitar que ambos mundos se interconectaran de tal forma que acabaran solapándose el uno sobre el otro.

¿Cómo podían estar al tanto de esto?, ¿quiénes eran?, ¿quién será este Bill que me suena tanto?.

VIII

Lorindol trabajaba en su torre-laboratorio todas las noches, hoy tenía una nueva idea que aplicar a su experimento. Animoso se colocó el dispositivo de ‘Lectura Mental’, una serie de hierros amoldados a la forma de un cráneo, ovalados de tal forma que captaran la longitud de onda mental y conectados entre sí por medio de una membrana de hilo de mithril que la amplificaría. Hasta ahora el ingenio no había funcionado, lo único que conseguía al colocarse el aparato era un insoportable zumbido en la cabeza que le producía punzadas de dolor insoportable. Se agitaba entonces y gritaba con todas sus fuerzas, gritaba su nombre, su nombre bien pronunciado en la Antigua Lengua de los elfos, LorIndol, pues desde pequeño cuando había recibido su don más preciado como regalo había tenido que soportar la ignorancia del populacho que pronunciaba su nombre mal, Lorindól. Y esto conseguía ponerle de los nervios.

De nuevo el dolor en su mente, de nuevo se encontró gritando. Pero aún con la vista nublada pudo distinguir en la habitación dos figuras que antes no estaban, altas y esbeltas, erguidas y con pesadas espadas. Poco a poco fue fijando la vista y distinguió los ropajes, verdes y marrones parecían acomodarse al entorno tomando los colores que le rodeaban para que quien la portara pasara desapercibido. Descubrieron su rostro y sus rasgos eran finos y delicados, maculados, pero la mirada era grave y en ella se veía la profundidad y sabiduría que da el recorrer de muchos años, y sus orejas eran ligeramente puntiagudas.

Tuvo un vago recuerdo de su juventud, cuando de camino a Minas Tirith se cruzó con un jinete del que no supo nada pero que algo le decía que volvería a verlo. Por supuesto había visto en la escuela muchos dibujos de elfos, antiguos Señores de la Tierra Media, aliados de Gondor en los tiempos de guerra y penuria, sabios, poderosos.

- Almarë LorIndol –dijo uno de los elfos con voz suave.

El oír su nombre dicho bien y dicho sin un rastro de acento que mancillara la hermosa lengua de los elfos le causó un gran placer y fijó su atención más en el elfo. Inmediatamente sintió algo nuevo, todavía con el dispositivo de Lectura Mental sintió un leve contacto, como dos piezas dentadas que encajan a la perfección. No leyó los pensamientos del elfo como esperaba, ni sus recuerdos le vinieron a la mente como suyos, más bien fue como si su propia mente se abriera para que una mano invisible se alargara y si quisiera tomara de ella lo que deseara.

Para el elfo sin embargo fue muy diferente, se llevó las manos a la cabeza como presa de un súbito y gran mal y se encogió sobre sí mismo cayendo al suelo, su compañero se inclinó sobre él pero viendo el peligro en el que se encontraban se giró hacia Lorindol y desenvainó con rapidez la espada, le encaró y avanzó y se habría echado sobre él si Lorindol no hubiera sentido miedo, agarrando su bastón y echado a correr; con la distancia notó como el Lector Mental perdía fuerza y el enlace moría.

Y a Eregion, días después, llegaron las noticias de lo sucedido en Dol Amroth.